sábado, diciembre 10, 2005

Únete al baile...


Hablar de "Los Prisioneros" es hablar acerca del Chile delos 80's, el país real. El título de su primer disco, "La voz de los 80' ", encierra todo el significado de este conjunto sanmiguelino para la época del régimen pinochetista. A pesar de la muy discutible calidad musical de sus trabajos, fueron férreos opositores al gobierno y denunciaron la cesantía, la sociedad carente de oportunidades, y dibujaron un retrato de todo el Chile medio-bajo al que cachetearon las medidas de saneación económica del oficialismo de la época. Fueron también una voz para toda Latinoamérica, patio trasero del imperialismo norteamericano, por lo que son, hasta hoy, considerados la banda de mayor influencia del "vecindario".
Su regreso en 2001 congregó a 160.000 jóvenes que nunca les habían visto tocar -en doble cita en el Estadio Nacional- mas abusaron del producto retro que se puso de moda ese año y el 2002 ya no congregaban a más de 200 pelagatos en sus tocatas. Creo que les pasó la cuenta el haber vuelto como un grupo comercial: Muchos estelares, entrevistas, dvd del concierto, cámaras, luces, mucho "efecto polilla", dejando atrás el mito subterráneo del caset pirata y , lo más triste de todo, con un Jorge González aferrándose a un discurso contestatario innecesario y fuera de contexto ya en el Siglo XXI. Fueron un mito que ayuda a comprender el Chile de Pinochet, pero a su regreso dejaron claro que en otro Chile poco habrían destacado, pues su gracia y popularidad radicó en ser los niños rebeldes cuya música y apoyo al NO sirvió de tanque de oxígeno a una juventud ahogada. Jamás debieron volver del altar en que los tenían... Como dice Julio Cortázar en "Queremos tanto a Glenda": No se baja vivo de una cruz...

Información hasta el fondo en http://www.pensamientocritico.cl/upload/est/est_031215221028_42.pdf

Sol y lluvia: Un corazón que latió hasta que pudo

Dentro de la escena musical que se desarrolló durante la represión militar, “Sol y lluvia” asumió un rol tutelar en relación a otras bandas. Su nacimiento se fundamentó en una consigna que, desde el comienzo, se suscitó como un proyecto netamente político. Su aparición coincide con el momento álgido de denuncia y protesta, donde otras voces también elevaron el volumen de sus pensamientos, aunque no se manifestaran precisamente en la música: el Frente Patriótico Manuel Rodríguez y la Vicaría de la Solidaridad. Así, impregnados de un ánimo de denuncia, dieron vida a su primera producción en 1978 que llevo por nombre “Grabada en la casa de un amigo”. Su música es de gran compromiso social, popular y con un tono explícito e insolente con la autoridad, que lindaba en semejanza con un llamado al levantamiento y la movilización del proletariado. Su despliegue instrumental no se caracterizaba por ser complejo u ostentoso, era más bien simple y se apoya en los ritmos del Folk y el Rock; sus letras se alimentan de tres nociones básicas: la simpleza, el carácter directo y la provocación. A pesar, de que se sienten ligados a la “Nueva Canción Chilena” por su carácter de panfletario y de lucha, su difusión y llegada más popular diferenció su manifestación, al dejar de lado el retoricismo metafórico para participar activamente de la denuncia. El término y separación del grupo (1999) estuvo marcado por la división de los hermanos Labra –fundadores de la banda–, por diferencias políticas concernientes al apoyo que brindarían o a la Concertación o al Partido Comunista.
Ahora, la fiel y comprometida expresión de su tiempo “Sol y lluvia”, como manifestación musical se había agotado mucho antes del quiebre de los hermanos Labra: su discurso, esencia y sentido armónico con un contexto histórico al que responde unívocamente su nacimiento y desarrollo como espíritu de lucha. Bien podemos decir que sus últimos años como grupo musical, propiamente tal, respondieron a un recuerdo avinagrado, tal vez algo decadente y que en sus acordes finales se notó agotado… intentando sacarle dividendos a un muerto cuyo corazón latió hasta donde pudo.

Schwenke y Nilo: la música de la emergencia



Hace exactamente veintiséis años, el dúo valdiviano Schwenke & Nilo esbozó sus primeros tonos y melodías contestatarias en la Universidad Austral de Valdivia. Su impacto fue inmediato; las solapadas metáforas cargadas de una fuerte crítica contra la dictadura militar decidió la censura y el bajo perfil que los acompaña hasta ahora. Como grupo participaron activamente de la contracultura valdiviana entre 1978 y 1981, lapso en el cual deslizaron sus sonidos con relativa aceptación en el subterráneo espacio que se abría –o más bien ocultaba– para las bandas de rock emergentes. El acoso político de la época los empujo por Europa, transitando con su música por Italia, Alemania y Holanda, donde realizaron numerosos conciertos para entusiastas universitarios europeos. De ahí en adelante, el grupo se planteó como sobreviviente, como músicos de la emergencia que levantaron una voz desde los sectores más undergrounds, mientras todo y todos “Nos fuimos quedando en silencio”, parafraseando el título de la canción de su primer cassette, y que elocuentemente expresa los tiempos turbulentos de la sociedad chilena, de los desaparecidos: Nos fuimos quedando en silencio / nos fuimos perdiendo en el tumulto / nos fuimos acostumbrando / a aceptar lo que dijeran / Nos fuimos perdiendo en el tumulto. Se nos fue pegando la avaricia / y con ella también la injusticia... / La radio nos fue mintiendo / mientras escondían muertos/ nos fuimos quedando en silencio. Schwenke & Nilo nos transporta a un escenario en ruinas, a escombros que difícilmente pueden volver a reconstituirse, sin embargo, ellos intentan restaurar desde el exilio, con un discurso más directo, de gran intensidad poética, que vuelca todos sus esfuerzos para sacar de la anestesia general a la sociedad desinformada del genocidio, manteniendo el hálito de una generación cuyo clamor y raíz es más fuerte que la vana figuración e imagen.

El Chile de "la 4"


Víctor Jara era el artista de campo, chileno hasta el hueso y muy involucrado en la cuestión social, denunciante de la brecha social del país a lo largo de toda su obra. Jara no sería lo mismo para la música chilena si hubiera muerto de un cáncer por tanto fumar cigarrito el año ’93. Es un mártir de la música, del arte contestatario, de la lucha de clases y de los caídos en dictadura militar. Es una bandera de lucha para la izquierda y Latinoamérica, una suerte de Ché Guevara del ambiente artístico. Además, es la primera víctima de una represión cultural durante 17 años en un Chile que se camuflaba tras “La Madrastra”, “El Jappening con ja”, “Los Quincheros” y “La cuatro dientes”. Y pare de contar. Esta soga a la libertad de expresión encuentra su primer gran punto de fuga con el concierto de Rod Stewart en 1989, más allá de los muchos artistas underground que cultivaron su popularidad actual paseándose de mano en mano, envasados en un casete pirata. Esta censura del régimen militar a toda manifestación artística y prohibición a eventos de masas -no deportivos, religiosos o Festival de Viña con artistas “bien portados”- benefició al rock argentino, pues tras la guerra de Las Malvinas éste tuvo un auge extraordinario: al contrario de lo que acá ocurría, en Argentina se incentivó la creación musical y no se dejó entrar un solo disco en inglés durante años, por lo que en Chile el rock del otro lado de la cordillera tuvo un eco gigante y grupos como los Enanitos Verdes y Soda Stereo –el más simbólico y muy ajeno a temáticas sociales y ,menos aún rebelde, más allá de sus ropas y peinados- fueron lo que más se escuchó por esos años acá en materia de Rock, transformándose en ídolos de la juventud criolla… el resto eran boleritos mexicanos, Alberto Plaza y la Miriam Hernández, que se hicieron los cuchos durante todo el período, igual que el Pollo Fuentes con su programa “Éxito”, cuidando la pega. Aprovecho de recomendar la obra de teatro “Quién mató a Patricia”, del veinteañero dramaturgo Andrés Pereira, cuyas funciones se extenderán hasta el 14 de enero en “Sonoro”, Miraflores 620. El punto de partida a esta obra es la historia de dos niños que actuaron de extras en la teleserie “La Madrastra”, y permite entender mejor lo que fue crecer en el Chile de la cuatro dientes.

ENCUESTA: ¿Cuál fue la mayor influencia cultural de Chile en los 80'?
Los Prisioneros
La Myriam Hernández
Los Quincheros
El Jappening con ja
Don Francisco
Exito
La madrastra
La cuatro dientes
Mandolino
El penal de Cazsely

El niño símbolo...


Víctor Jara era hijo de un inquilino y una cantora. Creció en Lonquén y su madre le enseñó a tocar guitarra. Fue director de artístico y afamado cantautor, ganador del primer festival de “La nueva canción chilena”, prestigio que le valió ser embajador cultural del gobierno de la Unidad Popular. Tras ser escogido el compositor del año, Entre 1971 y 1972 compuso la música de continuidad de Televisión Nacional de Chile.
“Plegaria a un labrador”, “Pongo en tus manos abiertas”, “La Población”, “El derecho de vivir en paz” y “Canto Libre” son la columna vertebral de su obra, y basta con escuchar sus títulos para entender que Jara sería una piedra de tope para un eventual gobierno represivo. Además, siempre estuvo apegado a la causa social de campesinos y al paro de camioneros en 1972, por lo que era un líder social que aglutinaba pasiones.
En 1973: participa en la campaña electoral parlamentaria, realizando conciertos en favor de los candidatos de la Unidad Popular. Dirige y participa como cantante en un ciclo de programas de televisión en contra de la Guerra Civil y Fascismo, acogiendo el llamado hecho, en ese sentido, por Pablo Neruda. Mucho más no sé de Víctor Jara, pero estos pergaminos le costaron ser detenido en una exposición en la que cantaría y Salvador Allende se dirigiría al país, el 11 de septiembre de 1973. Fue llevado al estadio Chile –hoy Víctor Jara- y torturado.
Dice el mito que le cortaron las manos para que dejara de tocar y que siguió tocando igual. Murió acribillado el 16 de Septiembre, a los 40 años, y su cuerpo fue encontrado en la morgue como un NN. Está situado en la popularidad chilena artística exclusiva de Pablo Neruda, Violeta Parra, Vicente Huidobro y Gabriela Mistral.
"Qué suenan/son balas/ me alcanzan/ me atrapan/ ¡resiste!/ Victor Jara/ no calla"... (Los Fabulosos Cadillacs)

Forever Young

No comprendía la efervescencia generada en torno al concierto del escocés Rod Stewart, que se realizó ante unos setenta mil espectadores en el Estadio Nacional de Santiago. Para mí, un niño de apenas cinco años que desconocía absolutamente el contexto socio-político-cultural del país en que vivía, era la visita de un showman de raro peinado nuevo que daba volteretas en el escenario, según infería de las imágenes de Televisión Nacional que anunciaba el mega-evento. La verdad es que me quedé dormido como a la tercera canción del show tan esperado que televisaba –creo que en diferido- el canal estatal, pues la expectativa generada me había hecho pensar que el arte del tipo tenía méritos suficientes como para agradarle a todo el mundo: una especie de gusto universal, al nivel de la música de los Beatles, el karisma de Juan Pablo II –que vino un par de años antes que el músico, generando similar alboroto- o la magia futbolística de Diego Maradona. Si bien Rod Stewart es un grande y su popular voz carraspeada es reconocida mundialmente, hace un par de años atrás estuvo a punto de venir al festival de Viña y a nadie le importó. Y ocurre que aquél concierto del 7 de marzo de 1989 fue la primera venida de un artista internacional a Chile, tras casi diecisiete años de represión cultural. El mérito no era de Stewart, sino del hecho en sí: “ La noche era calida y se veía un ambiente tan festivo como para el año nuevo, los ojos de las niñitas brillaban con un cejo de ansiedad y alegría que pocas veces he vuelto a ver.Los equipos de iluminación y sonido eran todo un espectáculo, el escenario con la figura de una mujer de fondo, fantástico.Todo era nuevo para los jóvenes y no tan jóvenes. Yo tenia 27 años y estaba como cabro chico.Estábamos con mi hermano y unas amigas en cancha, al lado de las torres de iluminación, y mirar hacia atrás ya era un espectáculo: ver a más de 50.000 personas moviéndose”, dijo uno de los asistentes al espectáculo.